La locuacidad de Brunelleschi
De las seis partes de que consta Renacimiento negro la más extensa e importante es "Brunelleschi" (86 páginas), una larga disertación estética sobre la contaminación y el enriquecimiento postrero del mundo greco/romano a manos de Bizancio y el Islam, por un lado..., y el cristianismo por el otro, personificados en la figura del gran arquitecto y escultor florentino (1377 a 1446). Empieza el capítulo con la adolescencia y juventud de Brunelleschi, un fresco con resonancias de novela galante a lo hiperbólico, que rápidamente desemboca allí donde Szentkuthy quiere poner a su/nuestro alter ego artístico, en esa larga clase magistral filosófica sobre los límites de la realidad religiosa. ¿El motivo? Una carta dirigida al Santo Padre, con la excusa de relatar las diferentes escenas que van a tallarse en unos sillones encargados por éste..
La exposición es larga, prolija, delirante, a ratos confusa..., pero muy rica al mismo tiempo. El juego de espejos funciona como un torbellino, la imaginería del catálogo es inabarcable (santos, cardenales, mártires, filósofos, poetas, emperadores, politicastros, monjas, etc.). Los mejores momentos vienen de la mano de una serie de ebrias elucubraciones en torno a la concepción metafísica del tiempo cristiano, de la ideología oficial que emana de las Sagradas Escrituras. En ningún momento olvidamos que por boca de Brunelleschi habla Miklós:
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"Después del Infierno y del Imperio, san Juan habla del pacado. Qué misterioso es este pecado: qué preciso es a pesar de la falta de perfiles, característica de Patmos. El pecado: en general, la oscuridad del mundo, la melancolía negra, la sombra físicamente inevitable del árbol de la vida. Después vienen los pecados concretos: la lujuria, el asesinato, la blasfemia, el robo. Aquí se juntan los oleajes de la moral práctica y del pensamiento del primum malum. Este satanismo es más hermoso que el destino griego. Y después de los pecados, la sangre: la tienda de antigüedades simbólicas más barata, la imagen de la fuerza y de la muerte ignominiosa.
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De todo este introito se desprende que cualquier metafísica que se tome mínimamente en serio entra bailando desde el primer gesto en una locura sagrada. Ingenuo es aquel que vea aquí un cuestionamiento de la metafísica. Se trata de la única forma justificada y creíble de la metafísica: el fracaso fantástico. Es una precipitación tan insensatamente anárquica que en medio de esa tragedia estridente y abigarrada necesariamente ha de aparecer algún dios. Todo trascendentalismo empieza allí donde uno se desagarra a sí mismo, donde se estira la cuerda hasta el no va más, donde la desesperación empieza a delirar, porque las "metafísicas" preparadas son más insípidas que una yesca. La necesidad envenenada y maniática que la humanidad tiene de la metafísica, su encadenamiento al mito, es todo teología. La teología del futuro no se ocupará ya de menudencias tales como la micrometría de la "fe" y la no fe". La gran experiencia religiosa será un tercer elemento. El hecho de que éste no pueda definirse de inmediato no supondrá ningún problema en una época en que, a lo sumo, se atribuirá un carácter anecdótico al género de la "definición".
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Cuando Cristo habla de las llaves del Infierno y de la muerte, percibo esa ebriedad metafísica, ese delirio en torno a las "postrimerías". Y tal éxtasis es el verdadero; ese arrobo semítico y abstracto vendimia caldos mucho más salvajes que las banalidades sexuales de Dioniso. Las llaves de la muerte: ¿no se desfogarán los dos fantasmas extremos de la vida en estas dos palabras? El miedo, el mal, la destrucción, el sadismo inherente a la vida, la eterna negatividad, la enfermedad y la sombra: la fuente de las supersticiones, el eterno útero de los dioses. ¿Y la llave?
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El saber, el poder sobre la muerte, el medicamento para las enfermedades, la "charming philosophy". En ninguna parte existe tal indagación en el kitsch ancestral de la vida y del destino. Resulta un misterio hasta qué punto no aburren la sangre, la muerte, la monotonía satánica. Por su salvajismo, su crueldad, su vulgaridad (en el sentido más sacro del término), sin duda. Las dirigen la impaciencia de la imaginación mítica, el deseo de venganza del alma que plantea exigencias a Dios; resultan tan extraños cuando a veces, a pesar de todo, caen en la literatura."
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Todo el capítulo va en este tono, y exige una lectura muy atenta para no perderse entre los detalles. Y es que en Szentkuthy lo aparentemente accesorio muchas veces tiene más sentido que la premisa principal, que se pierde, que se difumina en una paleta quizá con demasiados colores.
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