miércoles 1 de agosto de 2007

Los sillones del Papa

En Renacimiento Negro hay una larga escena que merecería una película de Bergman (¡ay!) por sí sola : el anciano Papa Sixto IV conoce como por casualidad la obra del turbador Brunelleschi y le escribe una carta para hacerle un encargo. El texto de la misma es el siguiente:

He leído tus proyectos, he visto el interior de tu imaginación y en tí me he encontrado a mí mismo. Eres un espejo negro, pero Dios une la Antigua y la Nueva Alianza sobre el Mar Muerto y calla sobre el mar Mediterráneo. Por eso me dirijo a tí. Deberás equipar una gran sala de congresos en el Vaticano con numerosos y enormes sillones, como si fuerse el coro de una iglesia. Si tienes tiempo, podrás pintar también un fresco, una escena de batalla, con ayudantes, para acabar rápido, algo extraído de Heródoto o del Apocalipsis, como te lo pida tu inspiración. Lo importante son los sillones. Serán iguales en cuanto a la forma, pero con diferentes figuras talladas en la madera. Dependiendo de quién se siente en cada uno, si el rey de Hungría o el de Portugal, si la condesa de Sicilia o el rey de Inglaterra. Ya me entiendes : debes estudiar historia. Has de tener la sensación de que tú darás vida a estos señores : el mundo está en nuestras manos, Brunelleschi. No te obligo a nada; si quieres, las tallas pueden ser tristes.

Lo que sigue son varias páginas de una belleza transfiguradora, irreal, enigmática. Uno a uno, Brunelleschi va explicandole al Papa las partes de los distintos sillones que se le han ocurrido, su libérrimo catálogo de verdades religiosas y ensoñaciones estéticas (a Szentkuthy se le nota encantado, muy inspirado con el juego). Claro está que todo ésto hay que leerlo e imaginárselo, no se puede explicar aquí (páginas 143 a 177). Desmayado ante su propio delirio, se nos pinta una suerte de Disputa de Europa enfebrecida, en la que el escultor apuesta con sinceridad y valentía contra su propia excomunión, hablando de los ridículos papagayos de la cultura, del cielo y del infierno de la historia, del afán de poseer como enfermedad (la sífilis de Midas), de la tristeza como pecado contra el Espíritu Santo, de los álamos de la medianoche "cargados de luna" y ese espíritu de Dios "como un ave peregrina que se ha perdido"... Imposible atender a tantas metáforas y transposiciones. No se lo pierdan.