sábado 2 de junio de 2007

La única metáfora

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La primera tecla del escritor Miklós Szentkuthy es lírica, sensible, íntima. Dejando a un lado el experimento Prae, su primer libro serio es Hacia (o Sobre) la única metáfora, publicado en 1935, cuando contaba sólo con 27 años. Reparemos, de entrada, en el valor del jovenzuelo, pues su primer intento (las 632 páginas de metafísica o especulación matemática de Prae editadas por su cuenta) había sido saludado por la crítica no sin cierto escándalo (y algo más fríamente por el llamado "gran público"), pero al año siguiente se lanza de nuevo al ruedo con una suerte de pequeño diario poético, auténtica avanzadilla de lo que va a ser toda su literatura posterior, porque ya sabe que los grandes escritores fraguan mejor al calor del verso que de la sentencia o el aforismo científico. Ya no estamos ante una obra "incongruente, ilegible y megalomaníaca" como se calificó a Prae (a la que también se tachaba de excesivamente cosmopolita..., ¡como si ello pudiera ser considerado un demérito en la Budapest de los años 30!), sino algo más auténtico, más literario, más... digamos primigenio. Szentkuthy seguirá preferentemente estos derroteros antes que los filosóficos, y no solamente en sus obras, sino también en sus diarios no publicados (esas cientos de miles de páginas escritas durante casi cincuenta años, actualmente depositadas en el Museo Literario de Budapest). Nuestro amigo húngaro se nutrirá en lo sucesivo de las cosas y sus relaciones (de sus destellos) antes que de los enigmas del lenguaje y sus juegos propiamente dichos (como pareció dar a entender su primera obra). Con sólo dos libros publicados, estamos ya ante un autor duplicado..., un escritor con máscaras.
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Sentkuthy necesita una teoría de la imitación. La construcción de su edificio especulativo (diarios, fábulas y obras; presente, pasado y eternidad; Infierno, Purgatorio y Paraíso) le obliga a registrarlo todo, a buscar sus orígenes y fijarlos, a descubrir sus verdades y creérselas. Personas, acontecimientos, ideas, sentimientos..., la profundidad de lo más profundo, todo. Y a partir de ahí, con la distancia, saliendose del teatro de la realidad, de sus esencias, de las tinieblas del concepto, escribirá Miklós sus ensayos, su Obra con mayúscula. Al principio, como en esta obra de 1935, se teoriza a partir de las sensaciones, la vida es vista como una especie de celebración lírica a la que contribuyen tanto la forma como el lenguaje de la repetición, el frenesí de los estribillos, los paralelismos exaltados. Y los catálogos, el gusto por la "tabla de materias", por los índices : veamos las últimas páginas de cualquiera de sus libros y podremos apreciar la alegría jocosa con la que Szentkuthy clasifica y ordena los títulos, la distancia y el contenido de las secuencias narrativas, de los saberes.
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No hay mejor muestra que el primer párrafo de Sobre la única metáfora, que les ponemos a continuación. (Por cierto, excelente Jacqueline Chénieux Gendron en el artículo introductorio a la edición francesa de 1991).
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En el instante de comenzar este libro, qué otro principio (o deseo) introductorio puedo colocar, sino éste: no tengo otro objetivo que la imitación, salvaje, absoluta; en torno a mí, el aire, sofocante, cálido y extasiado; en la entraña de esa muerte vaporosa y por lo tanto fija, la obscuridad estridente de algunas gargantas de gorriones, y, sobre todo, las innombrables líneas de follajes, las hierbas, las anónimas flores de los campos y su riqueza analítica. Esas líneas, inaudita riqueza de la pródiga precisión..., pues ellas son las que exaltan mi afán de imitación, las que lo convierten en manía. Catalogus rerum, “Catálogo de Fenómenos” –ése deseo mío, el más ancestral- del que apenas consigo liberarme.
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¿La única metáfora es la belleza? ¿El ensueño poético del ser humano? ¿Y la enfermedad del escritor, cuál es? ¿Acaso vivir?
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